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El thieldón, caballo de los vacceos.

Este es el artículo publicado en la revista XIII de la asociación ProCulTo (promoción de la Cultura en la Comarca de Toro), correspondiente al año 2017. Espero que os guste.

Los vacceos, habitantes de la cuenca media del Duero, han llegado hasta nuestros días como un pueblo dedicado fundamentalmente a la agricultura, y se ha hecho bien conocido su modelo de colectivismo agrario, sistema que sigue siendo objeto de debate por parte de los historiadores. Pero también se cuenta entre sus actividades económicas la ganadería. Y como ganaderos, los vacceos no sólo se dedicaron a la cría del ganado ovino o vacuno. También fueron capaces de domesticar una raza de caballos que con el tiempo se convertiría en una de las más apreciadas del mundo; no sabemos cómo llamaban los vacceos a sus caballos, lo que sabemos es que los romanos los denominarían thieldones.

Fíbula vaccea de oro con forma de cabezas de caballo. (Fuente: es.pinterest.com)

Fíbula vaccea de oro con forma de cabezas de caballo. (Fuente: es.pinterest.com)

Cuentan las fuentes antiguas que la caballería vaccea era apreciada por sus amigos y aliados, pero lo más relevante es que era famosa y temida por sus enemigos, no sólo por la ferocidad de sus guerreros a caballo, sino por la velocidad y resistencia de los propios animales. Y estos no eran unos caballos cualesquiera.

Las fuentes, y los estudiosos del tema, no se ponen de acuerdo en la procedencia de esta raza equina. Algunos opinan que ya poblaban el valle del Duero cuando los vacceos y otros pueblos llegaron aquí. Otros, sin embargo, afirman que acompañaron en el s. VIII a. C. a las oleadas de pueblos protoceltas que llegaron a la Meseta y el norte de la Península desde el centro de Europa. Con estos pueblos migrantes llegarían los thieldones y los asturcones, que se diferenciarían entre sí por el mayor tamaño de los primeros. Sea como fuere, los hombres que poblaron estos parajes consiguieron domesticar aquellos animales y les dieron múltiples usos.

El thieldón, según lo describen varios autores, era un caballo desgarbado, eumétrico (animal de volumen medio), de origen tarpánico, con una alzada de alrededor de las siete cuartas, de cabeza grande, perfil recto, cuello corto y recto, pecho estrecho, grupa tendiendo a la horizontalidad, con patas delgadas y con cascos mayores que los del caballo ibérico, que con frecuencia se presentaba calzado y cordón corrido. Su capa atabanada (oscura) presentaba pintas blancas en los ijares y en el cuello. Sin embargo, el rasgo más característico de este animal era su paso en ambladura, es decir, movían al mismo tiempo la mano y el pie del mismo lado, lo que provocaba un suave balanceo similar al del dromedario. Como en otros temas, los autores discrepan sobre si este paso era natural de los thieldones o eran sus dueños quienes les enseñaban a moverse de esa forma, como afirman Vegecio y Varrón. Estrabón dice de ellos:

«…particularidad de Iberia es que los caballos de los celtíberos, que son moteados, cambien de color cuando se trasladan a la Iberia exterior; dicen que se parecen a los caballos partos pues son veloces y mejores corredores que los demás» (Estrabón 3, 4, 15).

Por tanto, otra de sus características sobresalientes, que los hizo famosos y codiciados entre todos los pueblos de la Península primero, y después, entre los romanos y cartagineses, era su velocidad.

Se supone que el nombre “thieldón” lo pusieron los romanos, puesto que este término, junto con tieldo, fieldo y celdo, aparece en los Códices de Plinio. Se trataba de una palabra que procede de los vocablos “thieldo”, “thialt”, “zelde”, “telt”, “tölt”, “thielco”, en correspondencia con su paso característico. Por tanto, sería su forma de andar la que les otorgó el nombre.

Como en todas las sociedades de la Edad del Hierro, el caballo thieldón se convirtió para los vacceos en símbolo de poder y riqueza, pues sus dueños eran, por supuesto, los jefes guerreros que lideraban a su pueblo en el combate. Su mantenimiento era costoso y no estaba al alcance de cualquiera, por lo que sólo podían permitirse montar un thieldón los miembros de la aristocracia guerrera. Esto ocurriría entre los siglos VI y IV a. C. En esta época, el intercambio de caballos era utilizado por los círculos de poder para estrechar lazos y cerrar alianzas y acuerdos, al igual que otras prácticas comunes en aquel tiempo, como el intercambio de panoplias, mujeres u objetos de valor.

Pero a partir del s. III a. C., con el surgimiento y crecimiento de los oppida y civitates vacceos, que controlaban grandes extensiones de terreno a su alrededor, el thieldón tuvo un uso más social, ya que la necesidad de controlar el territorio y la evolución de las técnicas agrícolas y ganaderas, obligó a los aristócratas guerreros a distribuir los caballos entre los hombres que los acompañaban al combate y llevaban a cabo dichas labores, lo que condujo a la aparición de la caballería, en su sentido más social, como unidad guerrera: el conjunto de hombres que empuñan armas y montan a caballo para defender, representar y sostener a su comunidad. Esto se vio favorecido por el aumento de la cabaña equina y las mejoras en las técnicas de adiestramiento de los thieldones.

El más conocido de los usos que se dio a los thieldones fue el militar. Varios autores citan, en numerosos momentos de la historia de la romanización, la presencia de los temibles jinetes vacceos y de sus poderosas y veloces monturas. Los animales eran entrenados por sus dueños para obedecer a las órdenes que se les daban no sólo con la voz y las riendas, sino también con los muslos y las rodillas. Hay que tener en cuenta que, en el momento del combate, un jinete armado con escudo y lanza no podría utilizar las manos para sujetar las riendas de su caballo. También se dice que se les enseñaba a subir pendientes escarpadas y a arrodillarse en el suelo bajo sus jinetes y levantarse rápidamente a una orden de éstos, con el fin de que los thieldones pudieran ejecutar esta maniobra en caso de que los guerreros se ocultasen para tender una emboscada al enemigo.

Las primeras noticias de las fuentes clásicas sobre los jinetes vacceos las tenemos en la incursión de Aníbal contra las ciudades vacceas de Helmántica y Albocela en el año 220 a. C., tras la que el general cartaginés decide llevarse consigo nada menos de doce mil jinetes vacceos para engrosar su ejército. La caballería vaccea se encontraba también entre la coalición de guerreros que atacaron al ejército cartaginés mientras vadeaba el Tajo en su regreso a la costa mediterránea tras esa expedición. También sabemos que los caucenses y los intercatienses, entre otras cosas, tuvieron que entregar su caballería al pretor Lucio Licinio Lúculo en 151 a. C. También Quinto Sertorio reclama de las ciudades vacceas una buena cantidad de caballos para enfrentarse a Cneo Pompeyo.

Una noticia curiosa que relata Silio Itálico es que entre los muchos juegos que se celebraron cuando Publio Cornelio Escipión regresó a Hispania tras vencer a Cartago en la Segunda Guerra Púnica, hubo una carrera de caballos, en la que venció un caballo thieldón de nombre Lampón. También cuenta que uno de los premios más cotizados en las carreras celebradas en Roma fue un tronco de caballos thieldones.

La caballería vaccea también consiguió alguna victoria sonada sobre Roma. La primera vez fue en el año 151 a. C. cuando Lúculo, tras atacar Cauca, Intercatia y Pallantia, fue perseguido por la caballería vaccea hasta cruzar al sur del Duero. Volvió a ocurrir en 134 a. C., cuando el prestigioso Publio Cornelio Escipión Emiliano, destructor de Cartago, se había internado en territorio vacceo con el doble fin de abastecerse del grano que poseían los vacceos y de privar de él a los numantinos, a quienes se disponía a sitiar. Cuando el ejército romano se encontraba en una llanura llamada Coplanio, situada en las cercanías de Pallantia, la caballería vaccea atacó a las legiones, cayendo sobre el flanco comandado por Rutilio Rufo, cronista de la expedición, que se vio sorprendido y sufrió muchas bajas. Escipión, que tuvo que acudir en su ayuda, al no poder rechazar las constantes cargas de la caballería vaccea, ordenó a su ejército que vadeara el Pisuerga y se dirigiese hacia el sur para escapar de los jinetes, que lo persiguieron y hostigaron hasta que consiguió vadear el Duero en Septimanca, causándole numerosas bajas.

Finalmente, en 72 a. C., la mayor parte de los jinetes vacceos de las ciudades situadas al sur del Duero, y con ellos sus caballos thieldones, pasarán a formar parte de las tropas auxiliares de las legiones romanas. Algunos de ellos huyeron hacia el norte, hacia las tierras de astures, cántabros o vascones, donde serían cruzados con otras razas de caballos.

Pero los vacceos no sólo utilizaron a los thieldones para hacer la guerra. Además de ser veloz, se trataba de un animal muy resistente, apto para el tiro, la carga o la guerra, por lo que lo prefirieron antes que el pequeño asturcón, que fue siendo desplazado paulatinamente hacia las montañas. Así, los vigorosos caballos thieldones fueron muy útiles como animales de labranza, de transporte o de tiro, más veloces que los bueyes.

También eran utilizados para la caza, el pastoreo (aunque no hay pruebas concluyentes, la mayor parte de los autores está de acuerdo en que los vacceos practicaban la trasterminancia más que la trashumancia), sacrificados como ofrendas a Epona, diosa de los caballos. Y su carne fue utilizada como alimento en diversas ocasiones, como en el sitio de Numancia.

Era tan importante este animal para los vacceos, que son numerosas las representaciones que se han encontrado en cerámicas policromadas, asas de tapa con forma de caballo, cajas zoomorfas de aspecto equino, simpula (pequeños cazos) de barro con mango rematado en forma de cabeza de caballo, fíbulas con forma equina o de cabeza de caballo, estelas mostrando guerreros montados, exvotos con forma de cabeza de caballo (en el castro vacceo de Tariego), báculos coronados por piezas en forma de caballo, anillos y otras joyas.

En el año 2002 se descubrió un enterramiento vacceo en la necrópolis de Las Ruedas (yacimiento arqueológico de Pintia), en el que, junto a los restos del difunto y al ajuar habitual de este tipo de tumbas (vasos con restos de animales domésticos, como cabras u ovejas, o recipientes destinados a comer y a beber), se han encontrado restos de arreos de caballo, como bocados, frontaleras, o bridas, todos ellos de hierro. Es evidente que se trata del enterramiento de un guerrero de la élite ecuestre vaccea, lo cual resalta aún más la importancia que tenía el caballo para la sociedad vaccea, y nos lleva a preguntarnos si los vacceos creerían que el guerrero fallecido contaría en el Más Allá con una nueva montura, por supuesto, un thieldón, que le acompañaría en nuevas hazañas ultraterrenas.

Augusto Rodríguez de la Rúa

Galapagar (Madrid), 14 de mayo de 2017.

BIBLIOGRAFÍA:

Blanco Ordás, Restituto. La trayectoria del caballo vacceo. PITTM 73, Palencia, 2002, pp. 317-334.

Fernández Domingo, Jesús Ignacio. El caballo y el Derecho Civil. Reus, 2009

Romero Carnicero, Fernando y Sanz Mínguez, Carlos (editores). De la Región Vaccea a la Arqueología Vaccea. Valladolid, 2010.

Sanz Mínguez, Carlos; Gallardo Miguel, María Ascensión; Velasco Vázquez, Javier y Centeno Cea, Inés. La tumba 75 de Las Ruedas, primer testimonio arqueológico de la élite ecuestre vaccea.

Sánchez-Moreno, Eduardo. Caballo y sociedad en la Hispania céltica: del poder aristocrático a la comunidad política.

Sánchez-Moreno, Eduardo. El caballo entre los pueblos prerromanos de la Meseta Occidental.

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Nace PRODEARPA.

Esta tarde se ha presentado en el Salón de Actos del Centro Cultural de la localidad palentina de Osorno la asociación PRODEARPA (Proyecto Dessobriga de Arqueología y Patrimonio), que apoya los trabajos arqueológicos que se desarrollan desde 2013 en el yacimiento vacceo de Dessobriga.

esta asociación, sin ánimo de lucro está presidida por la promotora del yacimiento, Margarita Torrione. Según su presidenta, la asociación ha nacido con la idea de  «amparar y dinamizar un proyecto cuyos trabajos de terreno e investigación se desarrollan desde 2013». Busca colaboradores y financiación.

prodearpa

Margarita Torrione es Catedrática de Historia y Civilización Hispánicas, Universidad de Saboya (Francia) y Miembro de la Société Archéologique de Bron (Lyon).

Puedes encontrar toda la información que desees sobre el yacimiento de Dessobriga en su sitio web, pulsando aquí:

Nos alegramos de que surjan iniciativas como esta, que buscan promover las excavaciones de los yacimientos vacceos e impedir que el recuerdo de los pobladores prerromanos de Castilla y León se pierda en el olvido.

Los nombres de los habitantes prerromanos de León.

Aunque es de abril de 2010, rescato aquí este artículo de El Diario de León en el que se habla de los nombres inscritos en algunas estelas prerromanas halladas en la actual provincia de León.

Es curioso que en el artículo se habla de que los pobladores de la provincia de León fueron principalmente los astures cismontanos, y que en la zona nororiental se encontraban los vadinienses; se olvidan de nombrar a los vacceos, cuya frontera con los astures eran los ríos Esla y Órbigo. Por tanto, en la zona suroriental de León vivieron vacceos.

Se menciona que los nombres no se inscribieron en las estelas hasta la época romana y en muchos casos están romanizados, por lo que los arqueólogos e historiadores dudan de si los antropónimos pertenecen a época romana o prerromana, aunque es cierto que en algunos casos las características de estos nombres dan alguna pista.

Algunos de estos nombres, en la misma forma o muy similar, podéis encontrarlos en «Aro, el guerrero lobo», como Arao, Madugena o Docio. Y otros ya se los he adjudicado a personajes de obras sucesivas.

.Podéis leer el artículo completo pinchando aquí.

Reseña de «Aro, el guerrero lobo» en Ágora Historia, Capital Radio.

Ayer, 9 de enero, Irene Aguilar habló de «Aro, el guerrero lobo» en su sección de crítica literaria en el programa Ágora Historia de Capital Radio.

Si queréis escuchar lo que dijo Irene Aguilar sobre Aro, podéis acceder al podcast del programa pulsando aquí. A partir del minuto 1:15:00, aproximadamente.

Irene Aguilar - Capital Radio

Irene Aguilar, con «Aro, el guerrero lobo». Fotografía de Ágora Historia.

Quiero agradecer a Irene Aguilar y al programa Ágora Historia que hayan elegido a «Aro, el guerrero lobo» para su sección de crítica literaria y, por supuesto, la crítica que ha hecho Irene de la obra. Me alegro mucho de que le haya gustado y estoy encantado con su crítica.

Reseña de «Aro, el guerrero lobo» en historia con minúsculas.

Os presento una nueva reseña sobre «Aro, el guerrero lobo». Esta vez es Balbo, el administrador del blog Historia con minúsculas y colaborador de Hislibris quien la ha escrito. Desde aquí quiero dar las gracias a Balbo por su interés en leer mi obra y por escribir la reseña que podéis leer pulsando aquí.

Aro, en árealibros.

Luís Martínez González habla de “Aro, el guerrero lobo” en una entrada en la web literaria árealibros.

Si quieres leer lo que dice sobre Aro, pincha aquí.

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Los vacceos, un pueblo perdido en las brumas de la Historia.

Este es el artículo publicado en la revista número IX de la asociación ProCulTo (promoción de la Cultura en la Comarca de Toro), correspondiente al año 2015. Espero que os guste.

Cualquiera que, paseando una tarde de verano por las tranquilas calles toresanas, llegue hasta la Puerta de Santa Catalina, se encontrará, en medio de una rotonda, un tanto solitaria y descuidada, con la escultura más singular de cuantas conforman el patrimonio cultural de nuestra Ciudad, y que, probablemente sea la que da nombre a la misma: el toro de granito. Cualquier especialista en el tema nos dirá que se trata de un verraco celtibérico; a mí me gusta decir que es un toro vacceo, porque eran los vacceos quienes debieron tallarlo, si no con total seguridad, sí es más probable que el autor fuera un vacceo y no lo que conocemos hoy día por un celtíbero.

Toro de piedra de origen vacceo.

Toro de piedra de origen vacceo.

¿Quiénes fueron los vacceos? Su nombre nos llega desde la lejanía de la Historia casi como un pueblo olvidado, entre las brumas de los pueblos que vivieron en la Península Ibérica en los días en que Roma decidió adueñarse de ella y que pasaron a segundo ensombrecidos por las gestas de renombrados héroes como el lusitano Viriato, terror romanorum, los heroicos numantinos o el cántabro Corocotta. Intentemos despejar esas nieblas y arrojar algo de luz sobre aquellas gentes que vivieron a orillas del Durius (Duero) hace más de dos mil años.

Hasta hace muy poco tiempo, los vacceos eran poco conocidos fuera del ámbito académico. Sólo en los últimos años se han dado a conocer en mayor grado para el “gran público”, sobre todo por el descubrimiento de las excavaciones de la ciudad vaccea de Pintia (Padilla de Duero, en Valladolid) y por el auge de los grupos de reconstrucción histórica, que en los últimos años celebran festivales recreando algún acontecimiento que haya pasado a la posteridad o, simplemente, simulan algún enfrentamiento con las legiones romanas.

¿Quiénes eran los vacceos? Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre su origen. La mayoría los cuenta entre los pueblos celtas que migraron a la Península desde Europa Central alrededor del s. VI a. C., pero otros sostienen que podían tratarse de un pueblo de origen ligur, e incluso los hay que opinan que se trataba de otro pueblo que ocupaba la cuenca media del Durius antes de su llegada y que, aunque sufrió las influencias celtas de los pueblos que lo rodeaban, no tenía este origen. Otros derivan el nombre “vacceo” del pueblo de los belovacos (bello-vaci), un pueblo celta procedente de la Galia belga, es decir, las actuales regiones de la Alta Normandía y la Picardía, al norte de París. Es posible que parte de este pueblo decidiera emigrar hacia el oeste y el sur y terminasen encontrando su lugar en la cuenca del Durius.

Los vacceos ocuparon el valle medio del Durius entre los siglos VI y I a. C. Su territorio comprendía, de manera aproximada, la provincia de Valladolid y parte de las de Palencia, Burgos, Segovia, Ávila, León, Salamanca y Zamora. La extensión de este territorio varió durante todo este tiempo, a causa de los continuos enfrentamientos con otros pueblos vecinos, como vettones, astures o cántabros. En nuestra provincia ocuparon poco más o menos la mitad este. Sabemos que el río Astura (Esla) era su frontera con los astures hasta el Durius, mientras que la frontera suroeste, con los vettones, la formaba la línea del Tormes.

El valle del Duero, ss. III - II a. C.

El valle del Duero, ss. III – II a. C.

Al hilo de esta cuestión, si en realidad los vacceos llegaron al Durius en el s. VI a. C., la cuestión sería quiénes vivían aquí cuando ellos llegaron. Algunos historiadores, siguiendo a Avieno, piensan que se trataba de los saefes, un pueblo también de origen celta, más débil que los recién llegados, que se hallaba asentado en el valle del Durius y que fue asimilado o se retiró hacia la zona de la Sierra de la Culebra, al noroeste de la provincia de Zamora.

El caso es que los vacceos llegaron al valle del Durius y decidieron quedarse, al descubrir una región fértil y rica en la que podían establecerse. Era una magnífica tierra, cubierta en aquella época de bosques de robles y encinas, y se encargaron de defenderla de sus vecinos hasta que los doblegó el poder de Roma. A lo largo de nuestro gran río construyeron un buen puñado de ciudades (oppida): Albocela, Ocellodurum (Zamora), Septimanca (Simancas), Acontia (Tudela de Duero), Rauda (Roa de Duero) o Pintia (Padilla de Duero). Pero también poblaron las riberas del Pisorica (Pisuerga): Pallantia (Palencia) o Eldana (Dueñas). Como vemos, solían establecer sus ciudades en lugares fáciles de defender: los valles de los ríos, en altozanos a la orilla de estos, en los lugares de confluencia de dos ríos o en colinas junto a corrientes fluviales.

Su estructura política y social es singular. Algunos historiadores opinan que los vacceos formaron una especie de federación de ciudades-estado que de manera habitual actuaban de forma independiente pero que se unían ante un peligro mayor. Como consecuencia, y debido a que la población tendió a refugiarse del peligro tras las murallas de las ciudades, escaseaban las aldeas y las granjas (al menos las lejanas a los núcleos urbanos) y aumentó el tamaño de los oppida, aunque al sur del Durius el poblamiento era más disperso. Aunque no puedan aceptarse las cifras citadas por las fuentes clásicas, parece demostrado que un buen número de ciudades vacceas eran de mayor tamaño y contaban con más habitantes que, por ejemplo, la famosa Numancia de los arévacos, que se convirtió en un dolor de cabeza para Roma.

Cada ciudad se regía por un consejo de ancianos y guerreros que tomaba las decisiones importantes dentro de la ciudad. Este consejo formaba la élite de una sociedad muy estratificada; se trataba de los más fuertes en el aspecto físico y en el económico, formando una suerte de nobleza que dirigía los destinos de la ciudad. Por debajo se encontrarían los demás guerreros, los que se dedicaban a las labores del campo (labores que ejercían los guerreros con frecuencia) y en el escalón más bajo, los esclavos. En caso de guerra, era frecuente elegir como caudillo a un guerrero sobresaliente que dirigiese a los demás guerreros de la ciudad hacia la victoria sobre el enemigo. Sobre su religión, se han descubierto inscripciones con nombres de dioses celtas, como Lugh, Cernunnos o Sucellos, a quienes debieron adorar. No hay constancia de la existencia de una casta sacerdotal ni de brujos o chamanes, pero alguien tuvo que dirigir y transmitir el culto a esas divinidades.

Los vacceos habían encontrado una tierra fértil para prosperar, y su población creció. Como ejemplo, el historiador Schulten, en base a las fuentes clásicas, calcula una población de unos 320.000 habitantes en el territorio vacceo al comienzo del s. II a. C. A ello contribuyó, como digo, la riqueza y la fertilidad del suelo.

Vivían sobre todo de la agricultura, pero también del pastoreo. Cultivaban cereales (sobre todo trigo y cebada) con arados sencillos, y está acreditada la práctica del barbecho y los pastos comunales con un sistema de oppenfield. Recogían la cosecha en almacenes comunales. También practicaban la trashumancia, realizando la emigración anual a lo largo del Durius. Disponían los campos de cereal (sobre todo cebada y trigo) junto a las ciudades y aldeas, y se dotaron de un curioso y original sistema de colectivismo agrario del que se hizo eco Diodoro de Sicilia. Se trataba, ni más ni menos, que de repartir el grano, una vez cosechado, entre todas las familias de la ciudad, de forma proporcional al número de personas de cada familia. El excedente era utilizado para el comercio con los pueblos vecinos. Si a alguien se le ocurría robar parte del excedente y era descubierto, su destino era la muerte.

Fueron criadores de caballos, los llamados thieldones, una raza muy apreciada, de pequeño tamaño y pelaje gris, y que caminaban en ambladura, es decir movían a la vez las dos patas del mismo lado. También pudieron criar ganado vacuno y ovino. La fauna de la zona era rica: águilas, jabalíes, corzos, cisnes, avutardas, castores, nutrias, caballos salvajes…

Solían comerciar con cerámica y lana, y la metalurgia les era conocida, elaborando armas de buena calidad con hierro que recibirían de celtíberos y berones. Con los numantinos intercambiaban trigo por plata y otros metales. Apreciaban el oro para forjar torques y brazaletes. También debieron comerciar con carpetanos y vettones.

La primera vez que se menciona a los vacceos en las fuentes es con objeto del ataque de Aníbal Barca en 220 a. C. a las ciudades vacceas de Helmántica (Salamanca) y Albocela -o Arbocala, o Arbucale, ciudad de situación desconocida en la actualidad, aunque se ha identificado de forma tradicional con Toro-. No está claro el objetivo de Aníbal al atacar estas ciudades; existen varias hipótesis, como son que los cartagineses trataban de detener una posible migración vaccea y carpetana hacia el sur, que habría puesto en peligro a pueblos aliados de los cartagineses, como los turdetanos; otra hipótesis sería el reclutamiento de guerreros vacceos para el ejército de Aníbal, el que invadiría poco después Italia y pondría en jaque a Roma. Diodoro y Livio citan el valor de helmanticenses y albocelenses, que se enfrentaron al poderoso ejército púnico y lograron resistir el ataque varios días gracias a su valor y su número, hasta tener que rendirse al joven general cartaginés, que a su vez tomó los rehenes correspondientes para engrosar sus huestes y arrasó los campos alrededor de las dos ciudades.

Pero los vacceos eran poderosos entonces, y una parte de sus guerreros, en coalición con carpetanos y olcades, persiguió al ejército de Aníbal. Lo alcanzaron cuando éste vadeaba el Tajo, de regreso a Turdetania, y se produjo otro combate del que Aníbal salió indemne.

En 193 a. C., el pretor Marco Fulvio Nobilior entró en el valle del Tajo y se enfrentó a un ejército formado por carpetanos, vettones y vacceos, que estaba comandado por el rey carpetano Hilerno. Los romanos derrotaron a los indígenas e Hilerno fue capturado. Sin embargo, Nobilior no tomó Toletum (Toledo), la capital de los carpetanos, que cayó en manos romanas el año siguiente.

El célebre Marco Porcio Catón, apodado muchos años después el Censor, debió pasar por el confín sureste del territorio vacceo durante la campaña de su consulado en 195 a. C., en la que llegó a acercarse a Numancia.

Los vacceos vivían lejos del este de la Península, y por ello gozaron de una cierta tranquilidad hasta 179 a. C., año en el que los propretores Cayo Postumio Albino y Tiberio Sempronio Graco, en el transcurso de una campaña coordinada, cruzaron las montañas de los carpetanos y penetraron en su territorio, ya que Albino tenía que atravesar parte de la tierra vaccea para reunirse con su colega y combatir a los arévacos. Los vacceos salieron a su encuentro, y según Livio, Albino combatió con éxito contra los vacceos en dos ocasiones.

Con la Pax Sempronia llegó de nuevo la tranquilidad, pero la guerra estalló de nuevo en 153 a. C. a causa del presunto incumplimiento del tratado con Graco por parte de los habitantes de Segeda (Belmonte, en Cuenca), capital de los belos, y de la acogida que tuvieron por parte de los numantinos cuando abandonaron su ciudad. Al año siguiente, el cónsul Marco Claudio Marcelo firmó un nuevo tratado de paz con los indígenas, pero su sucesor, Lucio Licinio Lúculo, decidió invadir la tierra vaccea.

Lúculo apareció en 151 a. C. ante las murallas de Cauca (Coca) esgrimiendo la acusación, falsa, de que los caucenses habían atacado a los carpetanos. Tras parlamentar con Lúculo, los caucenses decidieron firmar un acuerdo, pero fueron traicionados y masacrados por las legiones. El cónsul se internó entonces en el territorio vacceo, siguiendo el curso del Eresma y, posiblemente, vadeando el Durius cerca de Septimanca (Simancas). Después se internó en los Montes Torozos con la intención de atacar Pallantia evitando el valle del Pisorica. Sin embargo, decidió volverse hacia Intercatia, cuya situación hoy se desconoce, pues, aunque se la identificó con Villalpando, otros autores la sitúan en Montealegre, Aguilar de Campos o Cerecinos de Campos.

Es muy probable que los intercatienses ya estuvieran avisados de la presencia romana, y que hubieran reunido una tropa que pudiera enfrentarse a los romanos. Lúculo asedió la ciudad, pero sufrió muchas pérdidas, causadas tanto por los vacceos como por los problemas de abastecimiento. Sin embargo, entre los tribunos militares de Lúculo se encontraba el joven Publio Cornelio Escipión Emiliano, que se hizo famoso por derrotar a un guerrero intercatiense en combate singular, ganándose así el respeto de los vacceos.

Al final, Lúculo levantó el campamento y decidió atacar Pallantia. Pero apenas tenía víveres y la caballería pallantina le hostigaba continuamente, por lo que decidió retirarse de nuevo al sur del Durius, donde los jinetes pallantinos dejaron de perseguirle. Roma había fracasado de nuevo a orillas del Durius.

En 143 a. C. Viriato intentó convencer a vacceos y arévacos para que se uniesen a él en su exitosa lucha contra Roma. Incluso las fuentes dicen que los lusitanos se pasearon por numerosas ciudades vacceas mostrando las insignias capturadas a las legiones derrotadas en el valle del Betis (Guadalquivir). Los vacceos decidieron no hacer caso de los requerimientos del lusitano. No querían volver a ver a las legiones dentro de su país.

A partir de este momento, arreciaron los ataques romanos contra los arévacos, y los vacceos, como vecinos y seguramente amigos, tuvieron noticias de todo aquello. Numancia sufrió los ataques consecutivos de los generales romanos. El cónsul Quinto Pompeyo Aulo, en 141 a. C., fracasó ante las murallas de Numancia y Termantia. El cónsul Marco Popilio Laenas, en 139 a. C., también volvió a Roma para comunicar al Senado que también había fracasado. Aquel año fue asesinado Viriato. En 137 a. C., el cónsul fue Cayo Hostilio Mancino, que también fue sorprendido y derrotado, y se vio obligado a firmar un tratado con Numancia. Pero al Senado, el tratado de Mancino le pareció humillante para Roma, por lo que el ex cónsul fue deshonrado y despojado de la ciudadanía romana. Roma lo entregó, desnudo y encadenado, ante las puertas de Numantia. Los numantinos rechazaron hacerse cargo de él, puesto que no era su prisionero.

Durante ese mismo año, el pretor Décimo Junio Bruto rodeó el territorio vacceo hasta Lusitania y desde allí cruzo el Durius y llegó hasta el Minius (Miño), internándose en la Gallaecia (Galicia). Bruto consiguió dominar aquellas tierras y llevarse el apodo de Galaico. Los vacceos veían así como los romanos rodeaban su país por todas partes; es muy probable que se preparasen para una invasión inminente.

No se equivocaban; el cónsul Marco Emilio Lépido Porcina atacó Pallantia al año siguiente, ayudado por Bruto el Galaico, con la excusa de que los pallantinos habían ayudado a Numancia. Pero la campaña se inició demasiado pronto, antes de que comenzara la primavera y, de nuevo, las líneas de abastecimiento jugaron una mala pasada a los romanos, que tuvieron que retirarse, perseguidos por los pallantinos. Dos ejércitos romanos, uno de ellos victorioso en la Gallaecia, habían sido derrotados por aquellos indígenas. Tuvo que ser un desastre digno de mención, pues el Senado destituyó a Lépido Porcina y lo multó.

Pero los romanos eran persistentes. En 135 a. C. el cónsul Quinto Calpurnio Pisón volvió a entrar en territorio vacceo, hacia las cercanías de Pallantia. Apenas obtuvo botín, fue derrotado de manera contundente y se retiró a la Carpetania (valle del Tajo).

El Senado estaba empezando a perder la paciencia ante las continuas derrotas de sus legiones ante los indígenas hispanos. Los mayores contaban a los niños historias sobre Viriato o Numancia para asustarlos. Los jóvenes no querían alistarse en el ejército porque temían encontrar la muerte a manos de aquellos salvajes sanguinarios en las recónditas tierras hispanas. Roma comenzaba a tener un grave problema…

En 134 a. C. fue Escipión Emiliano quien entró en territorio vacceo, esta vez desde el desfiladero de Pancorbo, en Burgos, tratando de sorprender a los vacceos para quemar sus campos de cereales y que dejasen de abastecer a Numancia. Cerca de Pallantia hubo de enfrentarse a los vacceos y se vio obligado a retirarse hacia el sur del Durius a través de los Torozos y vadeando el río cerca de Septimanca, no sin sufrir antes numerosas pérdidas. Al año siguiente, Numancia caería a manos del propio Escipión Emiliano, con lo que, aunque Roma no hubiese conseguido dominar a vacceos, cántabros y astures, sí había acabado con la pertinaz resistencia de Numancia y tenía controlada casi toda la cuenca sur del Durius.

Por eso, durante los años siguientes, los romanos no volvieron a poner sus pies en territorio vacceo. Durante sesenta años, los vacceos al norte del Durius no tuvieron que soportar ningún tipo de incursión en sus tierras. Los del sur del Durius fueron aceptando la presencia de Roma; incluso ayudaron a Sertorio en su guerra contra Pompeyo en 76 a. C. Este último volvió a atacar Pallantia en 74 a. C., pero la ciudad fue liberada por Sertorio, mientras Pompeyo se apoderaba de Cauca.

Por causas desconocidas, los vacceos se alzaron en armas contra los romanos en 56 a. C., es posible que ayudados por arévacos, vettones y carpetanos. Pero el propretor Quinto Cecilio Metelo Nepote los atacó antes de que pudiesen organizarse y los derrotó, aunque fue rechazado por los vacceos ante Clunia (Coruña del Conde).

Siguieron años de guerras civiles en Roma, que finalizarán en 31 a. C. con la victoria de Octaviano sobre Marco Antonio. Entonces Roma volvió a mirar hacia el norte de Hispania.

El princeps no quería ver más pueblos en la Península libres del dominio romano. Roma había cambiado y los vacceos del norte del Durius, los astures y los cántabros podían dar por finalizada su era de libertad.

Estatilio Tauro fue el encargado de someter a los astures en 29 a. C. Al mando de la Legio X Gemina cruzó el Durius y estableció un campamento junto a Albocela. Era la cabeza de puente para atacar Astúrica (Astorga) y Pallantia, y así derrotar a los vacceos y los astures del sur. Tauro debió tener éxito, puesto que Augusto le concedió el título de imperator y el consulado en el año 26 a. C. Los vacceos, los astures y los cántabros pertenecían ahora a la República Romana.

Así pues, me gustaría que, cuando paséis junto a nuestro querido toro de piedra, recordéis al menos que durante varios centenares de años fue testigo excepcional de hechos históricos. Quién sabe, tal vez el mismo Aníbal Barca pasó a su lado tras el largo asedio que le llevó a someter Albocela. El toro de piedra merece un lugar mejor en el entorno de nuestra Ciudad y, sobre todo, merece estar mejor cuidado de lo que lo ha estado hasta ahora. Es un símbolo para los toresanos, tal vez nuestra Ciudad lleva su nombre actual gracias a esa escultura de granito, pero esa es otra historia.

 

Augusto Rodríguez de la Rúa.

Arteixo (La Coruña), 20 de junio de 2015.

 

BIBLIOGRAFÍA

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LIVIO, TITO. Historia de Roma. La Segunda Guerra Púnica (tomos I y II). Madrid: Alianza Editorial, 1992.

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BLÁZQUEZ, José Mª. La romanización. Madrid: Ediciones Istmo, 1975.

CARO BAROJA, Julio. Los pueblos de España. Madrid: Ediciones Istmo, 1981.

WATTENBERG, Federico. La región vaccea. Celtiberismo y romanización en la cuenca media del Duero. Madrid: Biblioteca Praehistorica Hispana (vol. II). 1959.